Bueno, bueno... capaz que exageré y la escala no es taaan grande, es, digamos, mediana... En fin, empecemos por el principio.
Hace unos tres meses marido y yo nos mudamos, no sólo de casa sino también de ciudad, aunque a una ciudad que ya conozco casi de memoria y en la que, en parte, ya vivía por venir a estudiar todas las semanas. A pesar de eso, lo viví como un enorme cambio que todavía me está costando aceptar. No sé si extraño la otra ciudad, o la otra casa, pero lo que sí sé que extraño es el jardín que dejé. Pasé de casi 400 metros cuadrados de loma, pasto y árboles a un patio embaldosado con las paredes descascaradas, de no más de 20 metros cuadrados. Si bien está planeado para ser algo pasajero, el mientras tanto me hace sentir como leona enjaulada la mayor parte del tiempo.
La cuestión es que en un día de nostalgia me puse a mirar fotos de hace unos años y me encontré con que éste fue el panorama que encontramos (y que aceptamos) en la anterior mudanza. Ya un poco me había olvidado, pero así era inicialmente mi jardín.
Muestro las fotos así, con toda su crudeza y fealdad. Nunca las hubiera mostrado si no fuera para compartir mi experiencia de cuánto se puede lograr con esfuerzo, y obviamente a bajo (mínimo) costo monetario porque la situación no permitía ponerse a invertir en paisajismo y además, quería hacerlo yo misma (con ayuda de marido por supuesto). El tiempo empezó a pasar y de ese estado inicial, unos aproximadamente cuatro años después, esa parte del jardín se convirtió en esto...
Las fotos del cambio son una recopilación de la última primavera y del último verano. No sé si se nota o lo noto sólo yo porque conozco el lugar, pero las fotos reflejan exactamente el mismo espacio antes y después de la transformación. Ésta es sólo una parte, pero de la misma manera, a puro pulmón, hicimos lo mismo en casi todo el terreno, desmalezando, sacando inmensos árboles secos o en mal estado, salvando otros, plantando, poniendo césped, etc., etc. Para mí, la satisfacción es enorme, así como es enorme la nostalgia de haber dejado este espacio que tanto costó construir y en el que puse tanto de mí misma.
Encontrar esas fotos, me sirvió para tomar conciencia de lo que soy capaz, de lo que cada uno es capaz siempre y que a veces, entre el día a día de la vida uno no dimensiona y se termina diluyendo en lo que diariamente hay que resolver. Entonces pienso que ésta sí ésta es una transformación a gran escala, la transformación que ocurre a nivel personal, muy adentro, porque construir un jardín o llevar adelante cualquier proyecto despierta capacidades dormidas, o que creíamos que no teníamos, y fundamentalmente, siempre resulta en aprendizaje, el cual por supuesto, transforma.
Y entonces, como sé de lo que soy capaz, dejo a un lado la nostalgia y comienzo a imaginar y poner manos a la obra en mi nueva realidad, ese patio chiquitito que constituye un nuevo desafío, y un lienzo en blanco en el cual plasmar tal vez, una obra de arte.
