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viernes, 26 de enero de 2018

NOSTALGIA DE FLORES SECAS

Durante mucho tiempo, en mi adolescencia, me dediqué a hacer cuadros con hojas y flores prensadas. Para obtenerlas tenía una prensa de madera... hecha con dos prensas de matambre unidas... pero también en los libros iba dejando hojas y flores entre las páginas. Y por último, una tía que con toda la delicadeza y el cuidado del mundo, se ocupaba de prensar para mí las flores más hermosas y difíciles. 

Con el tiempo dejó de interesarme este hobbie, pero cuando abro un libro y me encuentro con la sorpresa de una hoja o una flor guardada hace ya bastantes años, me invade la nostalgia de recuerdos tan lindos. Con algunas que encontré hace poco, hice esta corona que aquí comparto.







Como se ve en las fotos, no todas son flores u hojas prensadas, también integran la improvisada composición, diversos frutos que he juntado y que todavía se conservan en alguna lata, frasco o caja. 

En eso no he cambiado ni un poco desde mi adolescencia e incluso desde mi niñez, porque me resulta imposible resistirme a estos maravillosos tesoros de la naturaleza como un fruto, una pluma, una piedra, un caracol, una ramita seca... Y aunque ya no hago cuadros, sigo guardando también alguna hoja o una flor entre las páginas de un libro, solamente para olvidarme... volver a encontrarla más adelante... y sonreír con la sorpresa.

miércoles, 3 de enero de 2018

TIEMPO DE COSECHA

Entre el último mes del año y el primero, por los pagos donde nací, que pertenece a lo que se conoce como pampa húmeda, se realiza la cosecha de trigo, aquel grano que como aprendí desde siempre es el resultado del trabajo y del esfuerzo.


Es una época en la que los campos despliegan todo su esplendor dorado y, para mí, es uno de los paisajes más hermosos que tengo grabados en la memoria del corazón desde que era niña. 



Por eso no dejo pasar la oportunidad de observarlos una vez más y, por qué no, de tratar de captarlos con la cámara, aunque como siempre me pasa (seguramente porque soy solo una persona que aprieta el botón de la cámara y nada nada más) las fotos no alcanzan a mostrar lo que yo realmente veo.



 A los campos dorados se le suman los "yuyos" de la banquina de los caminos y los enmarcan aportando una belleza aún más grande y conformando así, estas postales bien veraniegas de los lugares que conozco y que transito más a menudo.



A nivel personal, también es tiempo de cosecha. Un año se termina y otro empieza otra vez. Algunos sueños se renuevan y otros permanecen, pero se renueva la esperanza y la fe de que, quizás, este año se cumplirán. 



 A la distancia, visto desde Enero, el año que pasó se empequeñece y entonces, todo lo que costó y fue difícil vivir deja de pesar tanto porque se vuelve logro, aprendizaje y camino recorrido.



 Algunos desafíos fueron superados y otros no porque requieren más tiempo y al año nuevo, si hay algo que ahora le sobra, es tiempo. Entonces solamente hay que tomarlo y otorgárselo a uno mismo para seguir hacia adelante continuando lo que ya está empezado. Otros desafíos son nuevos, así como proyectos y oportunidades. 


Mirando los campos dorados un poco difusos y cubiertos de polvo porque los azota una importante sequía desde Noviembre, y poniendo el año que pasó en la balanza, pienso que mi cosecha es buena y abundante. 
Espío un poquito el futuro tratando de correr su cortina, pero por ahora me sumerjo en el descanso de las vacaciones y me dedico simplemente a cargar las pilas.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

TRANSFORMACIÓN A GRAN ESCALA

Bueno, bueno... capaz que exageré y la escala no es taaan grande, es, digamos, mediana... En fin, empecemos por el principio.

Hace unos tres meses marido y  yo nos mudamos, no sólo de casa sino también de ciudad, aunque a una ciudad que ya conozco casi de memoria y en la que, en parte, ya vivía por venir a estudiar todas las semanas. A pesar de eso, lo viví como un enorme cambio que todavía me está costando aceptar. No sé si extraño la otra ciudad, o la otra casa, pero lo que sí sé que extraño es el jardín que dejé. Pasé de casi 400 metros cuadrados de loma, pasto y árboles a un patio embaldosado con las paredes descascaradas, de no más de 20 metros cuadrados. Si bien está planeado para ser algo pasajero, el mientras tanto me hace sentir como leona enjaulada la mayor parte del tiempo. 

La cuestión es que en un día de nostalgia me puse a mirar fotos de hace unos años y me encontré con que éste fue el panorama que encontramos (y que aceptamos) en la anterior mudanza. Ya un poco me había olvidado, pero así era inicialmente mi jardín.


 

Muestro las fotos así, con toda su crudeza y fealdad. Nunca las hubiera mostrado si no fuera para compartir mi experiencia de cuánto se puede lograr con esfuerzo, y obviamente a bajo (mínimo) costo monetario porque la situación no permitía ponerse a invertir en paisajismo y además, quería hacerlo yo misma (con ayuda de marido por supuesto). El tiempo empezó a pasar y de ese estado inicial, unos aproximadamente cuatro años después, esa parte del jardín se convirtió en esto...








Las fotos del cambio son una recopilación de la última primavera y del último verano. No sé si se nota o lo noto sólo yo porque conozco el lugar, pero las fotos reflejan exactamente el mismo espacio antes y después de la transformación. Ésta es sólo una parte, pero de la misma manera, a puro pulmón, hicimos lo mismo en casi todo el terreno, desmalezando, sacando inmensos árboles secos o en mal estado, salvando otros, plantando, poniendo césped, etc., etc. Para mí, la satisfacción es enorme, así como es enorme la nostalgia de haber dejado este espacio que tanto costó construir y en el que puse tanto de mí misma. 



Encontrar esas fotos, me sirvió para tomar conciencia de lo que soy capaz, de lo que cada uno es capaz siempre y que a veces, entre el día a día de la vida uno no dimensiona y se termina diluyendo en lo que diariamente hay que resolver. Entonces pienso que ésta sí ésta es una transformación a gran escala, la transformación que ocurre a nivel personal, muy adentro, porque construir un jardín o llevar adelante cualquier proyecto despierta capacidades dormidas, o que creíamos que no teníamos, y fundamentalmente, siempre resulta en aprendizaje, el cual por supuesto, transforma. 


Y entonces, como sé de lo que soy capaz, dejo a un lado la nostalgia y comienzo a imaginar y poner manos a la obra en mi nueva realidad, ese patio chiquitito que constituye un nuevo desafío, y un lienzo en blanco en el cual plasmar tal vez, una obra de arte.

martes, 29 de agosto de 2017

AGOSTO ES AMARILLO

Hace unos días, alguien me preguntó: "¿No vas a escribir más en tu blog?" Y yo me quedé pensando... reflexionando... A veces, el tiempo no alcanza para todo lo que uno quiere hacer y otras, eso es sólo una excusa.

Por eso acá estoy, aprovechando que de a poquito comienza a anunciarse la primavera reuní unas fotos que saqué en este mes y que me llevan a un mismo color que es el que, para mí que me paso la vida mirando la naturaleza a mi alrededor, definitivamente caracteriza a Agosto. 




Agosto es amarillo porque florecen los narcisos, como los de la tía Luisa que los cuidó durante años y que siguen regalando sus flores aunque ella ya hace años que no está.


Porque comienzan a madurar los limones y es tan lindo cosecharlos del árbol en lugar de comprarlos en la verdulería.


También porque florecen las acacias y los aromos, que hacen que las calles donde crecen exploten de la energía que transmite el amarillo. 



Porque una infaltable suculenta de mi colección me sorprende un día de agosto con flores de este color.



Y porque un yuyito cualquiera, en el lugar menos pensado y lejos de la vista de la mayoría, aporta su propia pincelada.


Pienso que es un lindo ejercicio, mirar alrededor y más allá de la vorágine de la vida cotidiana, que no nos da tiempo para todo, detenerse por un ratito y dejarse sorprender.

miércoles, 22 de marzo de 2017

UN VIAJE MARAVILLOSO

Toc, toc... ¿Hay alguien en casa? Abro la puerta que rechina lento y su ruido retumba en medio del silencio. Entro despacio, todo está oscuro y por las ventanas cerradas apenas se filtra algún haz de luz. De a poco voy abriendo, dejando entrar el sol, el aire. Sacudo también el polvo que se instaló y la vida va volviendo a este lugar, a este espacio virtual que yo misma creé y al que tan poco puedo acudir últimamente.

El tiempo pasa volando y el final de febrero me encontró atónita, de pie sobre una pasarela de metal contemplando por primera vez la imponente Garganta del Diablo.

Después de 1800 kilómetros de rutas en auto y con el mejor compañero de viaje que para mí puede existir, conocí las Cataratas del Iguazú, en el extremo noreste de mi país.

Qué decir frente a semejante exuberancia, a tanta vida que se desborda por todos lados. La selva es impresionante y, por supuesto, el paraíso para cualquier biólogo, jeje!





Tanto verde desproporcionado. El verde es, en realidad, infinidad de verdes, a cual más brillante, verde sobre verde, plantas que crecen sobre otras plantas, y a mí, claro está, los ojos no me alcanzaban para mirar, absorber y descubrir. 




La selva muestra su esplendor y también lo oculta porque no sólo sorprende por lo que se ve sino por lo que se escucha, por sus sonidos, mezcla de insectos, aves y quién sabe qué más, que no se deja ver pero se deja sentir.






Y entre tanto, cuando todo parece dicho, el paisaje selvático se abre y aparecen entre los árboles, los saltos de agua, grandiosos.











Sin embargo, todavía falta el secreto mayor. La bruma y un ruido ensordecedor son el anticipo de la Garganta del Diablo. 



Su majestuosidad no tiene comparación con nada que yo conozca. Llegué al borde de la pasarela y simplemente, me quedé sin palabras, hipnotizada sin poder creer lo que estaba viendo. 




El agua caía con una fuerza arrolladora, levantando bruma y empapándonos a todos. Ahí parada ante semejante despliegue de la naturaleza me sentí apenas un grano de arena y no pude menos que preguntarme: ¿Qué diablos nos creemos los seres humanos que somos la mayor parte del tiempo? Me miré a mí misma y a la horda de turistas que me rodeaba posando y sacándose fotos, y también me pregunté si a los demás estar allí les movilizaba profundas reflexiones como a mí. Concluí que una cosa no quita la otra, busqué entre todos a mi marido, nos abrazamos por poder disfrutar juntos y nos sacamos una buena cantidad de fotos.


Seguimos viaje y en el camino de regreso, pasamos por las ruinas de las misiones jesuíticas de San Ignacio y de Loreto, dos lugares que también vale la pena conocer.







Acá me detengo un ratito para contar que las ruinas de Loreto, a diferencia de las de San Ignacio se conservan en estado natural, es decir, con una mínima intervención. La foto que sigue es muy pintoresca, me enamoré de ese banco de madera colonizado por musgos y líquenes, pero de ningún modo quise sentarme. Aspirante a bióloga y todo, le tengo pánico a las arañas y un rato antes de ver ese mágico banco, descubrí que la alfombra verde que pisaba, estaba plagada de arañas moviéndose a su antojo. De modo que saqué las fotos en este lugar un poco a las apuradas y sobresaltándome a cada instante por tener la sensación de que una araña posaba alguna de sus terribles ocho patas sobre mí. Por suerte no me pasó, pero ahí llegué a mi límite de naturaleza.




Finalmente, unas imágenes nocturnas de la costanera de Posadas (capital de la Provincia de Misiones), por donde paseamos en compañía de familiares que nos guiaron e hicieron conocer un poco la hermosa ciudad.



Después de unos días maravillosos, iniciamos el viaje de regreso, con el baúl lleno de vivencias, descubrimientos, anécdotas y la retina cargada de imágenes, de esas que trascienden las fotos y se quedan grabadas en la memoria personal. 


Atrás quedó la tierra colorada y marzo trajo el retorno a la realidad, la mía particular es la de llevar adelante las tres materias en las que me anoté este cuatrimestre, una pasantía en uno de los laboratorios de la facultad y un examen que debo dar en menos de dos semanas. En eso estoy, por eso cierro suavemente la puerta y le digo hasta la próxima a este querido lugar.