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lunes, 18 de diciembre de 2017

EL MES MÁS LINDO DEL AÑO

Desde la última vez que escribí, el tiempo transcurrió vertiginosamente y yo quedé sumergida hasta el cuello en exámenes parciales y trabajos prácticos de final de cursada. Después de nervios, corridas a contrarreloj, muchas pero muchas horas de silla y cero acercamiento a este blog, dos materias más se suman a las tres del cuatrimestre anterior y me acercan a la meta de la licenciatura.


Entonces... con todo el año por detrás y el objetivo académico cumplido llegó el momento de disfrutar. 


En Diciembre comienzan los días para aprovechar la playa, a pesar de que este año el calor del verano parece no llegar nunca y sólo hubo un par de muestras como para que no nos olvidemos de lo que debería ser.


Diciembre es un mes de festejos, no sólo por Navidad y Año Nuevo, sino porque es el mes de mi cumpleaños y también el de mi mamá. 


Dada mi actividad estudiantil, en Diciembre para mí comienza el descanso, la época de desenchufarme, poner el cerebro en remojo y cargar las pilas. 


Diciembre es el mes de los días más largos, que se estiran hasta tarde, de aire libre y de jardines florecidos. 


Todas me parecen razones suficientes para pensar que Diciembre es, para mí... el mes más lindo del año.

jueves, 12 de octubre de 2017

PASEO DE DOMINGO

Sisi, me enteré que está por terminar la semana y que yo vengo con una entrada sobre un paseo del día domingo. Pero qué le voy a hacer si el tiempo vuela y cuando me quiero acordar otra semanita se va del almanaque. 

Entonces no importa, comparto este paseo que hice la tarde del domingo, en el que fui a un lugar que no conocía y que, además, incluye una sorpresa al final. 




Por la costa bonaerense, a unos catorce kilómetros de Miramar, hacia el sur, hay una pequeña localidad que se llama Mar del Sur. El pueblo es muy chiquito y no presenta gran atractivo, por lo que según mi opinión no es un lugar para ir a quedarse, sino nada más para pasar el día o la tarde. Eso último hice yo, un típico paseo dominguero.




Me gustó conocer las playas que me resultaron distintas por tener acantilados, ser más bien rocosas y con una arena gruesa y tirando a anaranjada.





Cámara en mano, caminé un poco por esa arena descubriendo el paisaje.




Fue una caminata un tanto heroica porque el día estaba nublado, soplaba mucho viento y hacía frío (¿Y la primavera? Bien, gracias... no sé adónde se habrá quedado porque a la costa todavía no llegó).







A la vuelta, sobre la ruta bordeando el mar, obviamente yo iba mirando en su dirección y disfrutando de su calma y sus colores... Hasta que vi un montículo negro que aparecía sobre la superficie y se volvía a sumergir. Le pedí a marido detenernos para mirar mejor y ya había grupos de personas observando y fotografiando los varios grupos de ballenas que estaban a poca distancia de la costa.




Se trata de la ballena franca austral (Eubalaena australis) que pasa por la costa bonaerense en su migración hacia Península de Valdés, que es su área reproductiva. A quien le interese acá dejo un link a un artículo que salió en el diario local hace unos meses sobre el tema.




Para mí, fue una gran sorpresa verlas ya que aunque de vez en cuando aparece como noticia en los medios locales, nunca las había visto "en vivo y en directo". Así que fue un hermoso cierre para un día de paseo bien aprovechado y disfrutado.

miércoles, 22 de marzo de 2017

UN VIAJE MARAVILLOSO

Toc, toc... ¿Hay alguien en casa? Abro la puerta que rechina lento y su ruido retumba en medio del silencio. Entro despacio, todo está oscuro y por las ventanas cerradas apenas se filtra algún haz de luz. De a poco voy abriendo, dejando entrar el sol, el aire. Sacudo también el polvo que se instaló y la vida va volviendo a este lugar, a este espacio virtual que yo misma creé y al que tan poco puedo acudir últimamente.

El tiempo pasa volando y el final de febrero me encontró atónita, de pie sobre una pasarela de metal contemplando por primera vez la imponente Garganta del Diablo.

Después de 1800 kilómetros de rutas en auto y con el mejor compañero de viaje que para mí puede existir, conocí las Cataratas del Iguazú, en el extremo noreste de mi país.

Qué decir frente a semejante exuberancia, a tanta vida que se desborda por todos lados. La selva es impresionante y, por supuesto, el paraíso para cualquier biólogo, jeje!





Tanto verde desproporcionado. El verde es, en realidad, infinidad de verdes, a cual más brillante, verde sobre verde, plantas que crecen sobre otras plantas, y a mí, claro está, los ojos no me alcanzaban para mirar, absorber y descubrir. 




La selva muestra su esplendor y también lo oculta porque no sólo sorprende por lo que se ve sino por lo que se escucha, por sus sonidos, mezcla de insectos, aves y quién sabe qué más, que no se deja ver pero se deja sentir.






Y entre tanto, cuando todo parece dicho, el paisaje selvático se abre y aparecen entre los árboles, los saltos de agua, grandiosos.











Sin embargo, todavía falta el secreto mayor. La bruma y un ruido ensordecedor son el anticipo de la Garganta del Diablo. 



Su majestuosidad no tiene comparación con nada que yo conozca. Llegué al borde de la pasarela y simplemente, me quedé sin palabras, hipnotizada sin poder creer lo que estaba viendo. 




El agua caía con una fuerza arrolladora, levantando bruma y empapándonos a todos. Ahí parada ante semejante despliegue de la naturaleza me sentí apenas un grano de arena y no pude menos que preguntarme: ¿Qué diablos nos creemos los seres humanos que somos la mayor parte del tiempo? Me miré a mí misma y a la horda de turistas que me rodeaba posando y sacándose fotos, y también me pregunté si a los demás estar allí les movilizaba profundas reflexiones como a mí. Concluí que una cosa no quita la otra, busqué entre todos a mi marido, nos abrazamos por poder disfrutar juntos y nos sacamos una buena cantidad de fotos.


Seguimos viaje y en el camino de regreso, pasamos por las ruinas de las misiones jesuíticas de San Ignacio y de Loreto, dos lugares que también vale la pena conocer.







Acá me detengo un ratito para contar que las ruinas de Loreto, a diferencia de las de San Ignacio se conservan en estado natural, es decir, con una mínima intervención. La foto que sigue es muy pintoresca, me enamoré de ese banco de madera colonizado por musgos y líquenes, pero de ningún modo quise sentarme. Aspirante a bióloga y todo, le tengo pánico a las arañas y un rato antes de ver ese mágico banco, descubrí que la alfombra verde que pisaba, estaba plagada de arañas moviéndose a su antojo. De modo que saqué las fotos en este lugar un poco a las apuradas y sobresaltándome a cada instante por tener la sensación de que una araña posaba alguna de sus terribles ocho patas sobre mí. Por suerte no me pasó, pero ahí llegué a mi límite de naturaleza.




Finalmente, unas imágenes nocturnas de la costanera de Posadas (capital de la Provincia de Misiones), por donde paseamos en compañía de familiares que nos guiaron e hicieron conocer un poco la hermosa ciudad.



Después de unos días maravillosos, iniciamos el viaje de regreso, con el baúl lleno de vivencias, descubrimientos, anécdotas y la retina cargada de imágenes, de esas que trascienden las fotos y se quedan grabadas en la memoria personal. 


Atrás quedó la tierra colorada y marzo trajo el retorno a la realidad, la mía particular es la de llevar adelante las tres materias en las que me anoté este cuatrimestre, una pasantía en uno de los laboratorios de la facultad y un examen que debo dar en menos de dos semanas. En eso estoy, por eso cierro suavemente la puerta y le digo hasta la próxima a este querido lugar.